Finalmente, el anhelo de volar estaba a un traje de nailon con alas. El ser humano ha aprendido a ser un ave, sus brazos como alas y las piernas imitando la cola, un todo embutido en un traje forrado de paneles, bolsillos que se hinchan para permitir el milagro de la sustentación. Es una revolución contagiosa, un hito de sencilla pureza que empieza a agriarse, afeado por el precio a pagar: 36 muertos en 2016. El salto BASE con traje de alas, conocido como wingsuit, y su variante más atrevida, el proximity, señalan con crudeza los límites de una pasión que la sociedad rechaza. Un deporte en el que muere tanta gente no puede ser considerado un deporte, proclaman las nuevas leyes sociales, las que han abrazado la sobreprotección. Los propios actores de esta actividad saben que hay algo que no funciona y son conscientes de la imagen tan deteriorada que ofrece su pasión por volar: no solo mueren atrevidos con formación o experiencia escasa, sino que desaparecen también auténticos expertos.
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