El Madrid gana, golea, arrasa a sus contrincantes, y al acabar arranca a toda velocidad, dejando detrás una nube de polvo y al otro equipo a ciegas, con tos. Pero no es lo peor. Esto es algo que el club blanco ya hizo otras veces. La novedad, y lo terrible, estriba en que ahora el Madrid también es feliz. Solo le faltaba eso. Sus jugadores transmiten la sensación de irse temprano a la cama, rezar por las noches y beber mucha agua del tiempo. Forman una de esas escenas en las que se juega, se baila pegado, se charla y se toca el piano, casi firmadas por Renoir. Ya no parece ese equipo que sabe que va a ir al infierno y que intenta marcharse a lo grande, llevándose consigo los trofeos más deseados. De pronto, son unos fanáticos del cielo, y su tranquilidad y limpieza, y quizá el hilo musical.
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