Además de que nos pregunten si llevamos encima algo de cocaína, lo que más suele molestar a los gallegos que visitamos la capital es la machacona referencia a nuestro acento, como si por alguna extraña razón resultase sorprendente que un paisano de Galicia se expresase con una entonación propia de su tierra y no la de Escocia, Noruega o Japón. Por no polemizar, solemos responder levantando un poco los hombros en señal de aparente conformidad pero, en silencio, acostumbramos a preguntarnos a qué acento se refiere esa buena gente.
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