Tan diabólico es el fútbol, que un gol favorable puede fundir a un equipo, destemplarle. Le ocurrió a España, gobernanta y altiva hasta que Vitolo le puso en ventaja. Ni pío había dicho Italia hasta entonces, sometida por una Roja que la arrugó en todas las zonas del campo. La selección local se limitó al dique delante de su portero, sin otro dictado. Pero en desventaja se soltó la correa y con un asalto final con más nervio y valentía redujo el tanto español. El cuadro de Lopetegui se quedó a medias. Su destacada actuación previa a la diana de Vitolo quedó empañada por su mala administración final. Con la lección aprendida en la reciente Eurocopa de Francia, esta vez, durante casi una hora, se aplicó mucho mejor La Roja. Bien estudiada Italia, los chicos de Lopetegui se desplegaron al segundo con un extraordinario timbre de autoridad. Sin chácharas, el equipo español se propuso sin demora colonizar a su rival, invadir su campo, bloquear su inicio del juego desde los centrales. Tampoco se olvidó de los laterales de la azzurra, que tantas veces ventilan a su selección, aunque sea con pelotazos al vuelo para Pelle, una pértiga, o el más liviano Eder, más velocista. Carvajal, Alba y, luego, Nacho les apretaron en su propia sala de máquinas.
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