Desde que un capitán chusquero dijera aquello de que el Congreso de los Diputados, secuestrado por unos golpistas, debía esperar la llegada de la autoridad competente, “militar, por supuesto”, hasta que la pasada semana una joven que no se sabe de dónde había salido proclamara que en el PSOE la “única autoridad” era ella, nunca estuvo tan de moda la palabra autoridad en este país. A lo sumo, se hablaba de ella en el fútbol, donde día tras día los medios de comunicación elucubraban sobre el poder de este o aquel vestuario, y la figura, a veces insignificante, de uno u otro entrenador. Un ejemplo: en el partido que enfrentó hace unos días al Madrid con Las Palmas, a Zidane se le ocurrió sustituir a Cristiano cuando aún faltaban 20 minutos para la finalización del choque. En qué momento. Abandonó CR el césped con cara de disgusto, como lo abandonan tantos y tantos futbolistas en cada partido, incluso en los colegios, y desde la prensa, la radio y la televisión se nos anunció el inminente advenimiento del apocalipsis. Lo que nadie se atrevió nunca a hacer, sacar del césped a la megaestrella sin lesión que lo justificara, osó hacerlo Zidane. Ríos de tinta, y casi de sangre, corrieron sobre la decisión del técnico que, al serlo del Madrid, debe estar a lo que desde el palco se le ordena, ya se sabe, que si Fulano, Mengano, la BBC o la Santísima Trinidad tienen que jugar porque así lo quiere Florentino Pérez. Zidane, como Benítez o Ancelotti antes, no toca a los intocables, se decía, porque no se lo permiten. Incluso se llegó a revelar que en el vestuario, tiempo atrás, se consideraba que Jesé era mejor que Bale. Desde que escuchó aquello, este opinador no levanta cabeza.
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