Vaya de entrada una simpleza como tantas que se escriben: lo cotidiano nunca será increíble. Viene esto a cuento porque hay ocasiones, pocas, en las que en el deporte profesional te encuentras a un tío que hace las mismas cosas que muchos mortales, comprar el pan, pasear al perro o tomar una caña en una tasca en la que la cuenta te la escribe el camarero en la barra con una tiza. Es gente rara en ese mundo, el del hiperprofesionalizado deporte, donde antes de dirigir la palabra a la estrella de turno hay que pedir permiso a su ego. Tan raro es en ese ambiente el tipo del que hablamos, con aspecto de atorrante, con barba recortada de aquella manera, al que no se le avería el avión privado (con lo que molesta que se le averíe a uno el avión privado), del que no conocemos a su peluquero, al que le hace la manicura y a su fabricante de calzoncillos y que se limita, cuando su equipo triunfa (casi siempre), a subir una foto de celebración a las redes sociales junto a sus compañeros del Madrid o la selección sin acompañarla del emoticono de un eructo.
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