En una de esas cenas de compromiso a las que acudes de mala gana porque piensas que te vas a morir de aburrimiento, o de hambre, me tocó sentarme junto a un señor que a la hora de las copas me contó que coleccionaba peines. Menudo imbécil, pensé. Tenía miles, de todas las formas, colores, procedencias; algunos ni siquiera servían para peinarse. Esta clase de colecciones me habían parecido siempre ridículas y enfermizas. Lo felicité, y me fijé en su cabello, por si estaba calvo; eso habría dado más valor a su colección. Después, con cierta ingenuidad, le pregunté si acaso era peluquero o barbero. Negó con la cabeza. Precisó que tenía una fábrica de tornillos. Pero le gustaba mucho peinarse, dijo sonriente.
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