No hay historia de gran golfista del siglo XX que no comience con un niño pobre que empieza a ganarse la vida revendiendo bolas perdidas de un campo de golf no muy lejano de su casa, y dando golpes a escondidas y haciendo de caddie a los 11 años de los vecinos ricos para llevar dos duros a casa. Así es la vida de Adilson da Silva, quien, como Seve Ballesteros en la playa de Pedreña, se hacía palos de golf recortando ramas de árbol con su navaja y aprendía e inventaba golpes y jugaba como nadie en Santa Cruz do Sul, no lejos de Porto Alegre. Décadas más tarde (el jugador ya tiene 44 años), Da Silva, ya jugador profesional, el único brasileño en Río, cerrará su círculo vital, y cargará de símbolos el momento, dando el jueves en Marapendi el primer golpe del torneo de golf, que regresa a los Juegos Olímpicos 112 años después de dejarlos.
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