Ni cervezas, ni orfidales, ni excitación y locura. Ni siquiera una caipirinha en la playa para celebrar un trabajo bien hecho. Miguel Ángel López, al que se esperaba, no llegó. Ni siquiera hizo un intento. No podía. No tenía más fuerzas que la arena de la playa de al lado, machacada por las olas que rugían. Como la arena barrida, el campeón de Europa y del mundo tampoco emitió un quejido. Se dejó llevar y solo al final, atacado su orgullo, picado, fue capaz de salir del muermo. Le valió para terminar 11º, el peor puesto en una gran competición desde su debut en el Mundial de 2011, cuando fue 13º con 23 años. Dos años más tarde fue tercero. Dos más, y primero en Pekín 2015, donde pudo con Zhen Wang y Zelin Cai, los chinos que arrasaron en Río y le sumieron en la miseria. En los Juegos, también su único antecedente era bueno, quinto en Londres, donde ganó otro marchador chino, Din Chen.
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