Aquel abrazo de Gilberto Gil, la canción del exilio, invadió Maracaná. Una declaración tajante, de entrada, de que la voz cantante de la ceremonia de inauguración de los Juegos de Río la llevaría el pueblo brasileño y sus creaciones, su música revolucionaria y su arte, y no el poder político, tan controvertido como el presidente interino de Brasil Michel Temer, siempre en un segundo plano, como temeroso de un abucheo del pueblo aún pendiente del impeachment que juzgará en unas semanas a la presidenta electa Dilma Roussef, ausente del palco de Maracaná. Fue una forma valiente de marcar, con personalidad y firmeza, el camino del cambio a Tomas Bach, el presidente del Comité Olímpico Internacional (COI), cuya crisis por el trato al caso ruso de dopaje y su casi inevitable tendencia a buscar la ganancia con los Juegos a costa de países en grave crisis, como Brasil, le ha colocado en el borde de un precipicio que solo puede saltar transformándose y reconociendo la voz del pueblo que le guíe. Pese a toda la intención rupturista, el tedio final fue inevitable, tan complicado es integrar el interminable desfile de deportistas en una acción creativa que duró más de tres horas.
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