Cuando con nueve años Ray Zapata dejó Santo Domingo para buscar una nueva vida en Lanzarote, todos sus vecinos se quedaron en casa para no ver su marcha. “Todo el vecindario le quería”, recuerda Raysa Santana, la madre del gimnasta nacionalizado español que buscará en Río una medalla en suelo, como ya hiciera en el mundial de Glasgow, donde se colgó el bronce. Tres años antes había sido ella la que había tenido que dejar a su hijo en la República Dominicana para probar suerte en España. Entonces Ray se quedó con su abuela Josefa. “Me mimó un montón, me echó muchas broncas y me aguantó muchísimo. Mi madre se fue a trabajar cuando era muy pequeño y mi padre trabajaba todo el día. Ella me cuidaba”, cuenta el gimnasta.
Lo dice, en esta ocasión, con su abuela a solo unos metros de distancia, en la sede del Consejo Superior de Deportes, en el acto de despedida para todos los gimnastas celebrado la semana pasada. Una marca de productos lácteos preparó una serie de sorpresas para todos y a Ray le tocó la más especial: su abuela Josefa, que nunca había viajado en avión, y que apareció tapándole los ojos a su nieto antes de que este la elevara por los aires con un abrazo. “Era un niño muy inquieto, pero buen muchachito”, asegura Josefa, pelo blanco y piel oscura, antes de recordar algunos episodios de la infancia, como cuando Ray tiró un petardo en una casa o no paraba de jugar en las calles de Villa Mella.
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