Francia se ha clasificado para octavos en dos partidos de tres. Todo un éxito viniendo de donde viene, de las tinieblas de Doménech, de los motines internos nada revolucionarios, de un pasado glorioso que pesa como la nieve acumulada. Muchos aficionados se convirtieron a la fe francesa del fútbol en el Mundial de España 82, cuando a Francia se la denominó El Brasil de Europa. Ahora, ni Brasil es Brasil, ni Francia es Francia. Ni rastro de Giresse, de Tigana, de Platini (el futbolista), de Rocheteau (el de los arabescos), de Six. Ni rastro de Cantona, Djorkaeff o Henry. Francia, tras haber reinventado el fútbol en Gran Bretaña, regresó con la maleta vacía. Tocaba volver a empezar.
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