Le salió del alma. Trazó una derecha paralela, en carrera, que botó casi en el vértice; uno de sus golpes con copyright. Liquidó así a un soberbio Gael Monfils, batallador hasta que su depósito quedó vacío (7-5, 5-7 y 6-0, tras dos horas y 46 minutos), e inmediatamente después apretó los puños, emocionado, dirigió la mirada al cielo nuboso de Montecarlo e hincó las rodillas sobre el tapiz rojizo del Principado, territorio en el que, con esta última, ha rubricado ya su firma en nueve ocasiones. Fue, de alguna forma, la liberación de Rafael Nadal, un deportista que más allá de los trofeos y la epopeya tenística será recordado siempre como un gran campeón.
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