Después de jugar cuatro eliminatorias contra el Barcelona y una final de la Champions, Arsène Wenger volvió a Londres como siempre, derrotado y resignado a una evidencia: el mundo disfruta viendo estos partidos y él, que se estruja la sesera y se abre la camisa para jugar a pecho descubierto en situaciones como la de ayer, acaba sucumbiendo ante la realidad de quien se mide a los mejores y, en particular, a Leo Messi. “Sabemos que les generamos ocasiones y vemos esa parte positiva. Pero también sabemos lo negativo: no las supimos aprovechar. Lo mismo nos pasó con el Bayern, por ejemplo. Y perdimos. Pero esto es la casa del Barça y el Barça es excepcional”, razonó el técnico del Arsenal.
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