A diferencia de lo que ocurre en el futurista O2, la nave nodriza que acoge la Copa de Maestros y por la que se filtran las corrientes gélidas del otoño londinense, de la mano de la humedad del río Támesis, el aire que fluye por el circuito de la ATP es absolutamente estanco. Porque, este año, otra vez, los rostros más reconocibles del circuito; nada de caras nuevas. El viejo orden del tenis moderno. Jugadores que ya casi peinan canas. La simbolización de que los que gobernaban ayer también lo hacen hoy, ahora, y si no cambia mucho el panorama, también lo harán mañana, puesto que las generaciones venideras aún no se atreven a dar un paso adelante.
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