Los porteros están solos. Iker Casillas no hizo nada por disimular su aislamiento en el que probablemente fuera el día más difícil de su vida. No lo acompañó ni el apuntador cuando ayer se abrió la puerta de la sala de conferencias del Bernabéu, mal iluminada, y apareció este hombre triste enfundado en una camisa oscura. Los cronistas sociales aseguran que había pasado el verano en las playas de los Mares del Sur pero por el color cetrino de su piel se habría dicho que transcurrió el periplo encerrado en la bodega de un barco mercante. Se sentó frente a la audiencia mayormente compuesta de becarios y empleados auxiliares y cuando lo rodeó una nube de fotógrafos sedientos de la imagen definitiva del ídolo caído, los previno de que estaban perdiendo el tiempo:
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