jeudi 4 juin 2015

La mente invertida

Si la cara es el espejo del alma, Novak Djokovic debe ser ahora mismo uno de los hombres más dichosos del planeta. El serbio, referencia absoluta del circuito, 28 años, camina estos días por las instalaciones de Roland Garros con la sonrisa en la boca y andares parsimoniosos, como aquel que está en paz consigo mismo. Lo mismo bromea, que regala selfies o invita a su amigo Ibrahimovic a su palco. También juega, eso sí, y lo hace como ninguno. Es el nuevo Nole, padre feliz, gamberrete, como siempre, pero reconducido en muchos de sus hábitos sobre la pista. Se nota la mano de Boris Becker, tenista genial y bon vivant, ahora orfebre y patrón del número uno.

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