A Messi solo se le conoce un punto débil y no es ningún defensa ni entrenador sino que se trata de Thiago. El 10 se desvive por su hijo, al que acompaña de vez en cuando a la escuela, mientras aguarda que nazca el segundo. A fin de cuentas, nunca dejó de ser un crío desde que salió de su casa de Rosario y siempre le gustó ser mimado como un niño, cosa que apreció en seguida Capello cuando le bautizó como el pequeño diablo del Barça.
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