En el tardofranquismo se pusieron de moda los cines de arte y ensayo. Cualquiera que se preciara de ser un intelectual o un disidente; o que pretendía formar parte de la gauche divine, acudía, —o decía que lo hacía—, a ver cintas, muchas veces infumables, que habían pasado la censura, posiblemente porque ni el censor era capaz de tragarse algunas de ellas.
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