Un 0-0 no siempre son dos bostezos. Nadie tuvo tiempo de respirar en el vivificante encuentro del Camp Nou. Por el mismo precio, dos partidos. El primer reto lo ganó un Madrid bizarro y absorbente que dejó en cueros al Barcelona al que limpió la pelota. El Barça resistió como pudo, tan solo supeditado a Messi, que en sí mismo es todo un partido, y logró igualar el segundo parcial.
El Real Madrid tuvo un propósito desde el inicio y ejecutó sin ambages su ambicioso plan. De entrada, si el Barça tenía alguno se olvidó la chuleta en el bolsillo de Busquets. Un futbolista tan enciclopédico que jamás se había perdido un clásico liguero desde su debú en 2008. Busquets, que nunca fue un pavo real, siempre alejado del espumoso mundo de las celebridades, trasciende a Busquets: es una idea, la idea que ha sustentado al Barça triunfal de la era Messi. Por lo visto en este clásico, hasta un Busi menos juglar que en cursos precedentes es esencial en este Barça tan anómalo. Tan forastero que hoy ya no siempre le sostiene la pelota, la obsesión que le entronizó. El equipo de Zidane hizo pagar a su oponente la ausencia del jugador de Badía por causas febriles. El Barça, equipo de volantes por excelencia, aún no tiene quien le redima sin Busi. Tan alienígena se veía que solo Messi y Alba se tuteaban.
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