“No hay excusas, no hay excusas”, advertía la capitana Nerea Pena en los corrillos tres días antes de volar al Mundial de Japón. Quería decir, en realidad, que no había excusas para no terminar entre las siete primeras y atar así la clasificación para el preolímpico. Ese era el objetivo real de la selección femenina de balonmano en este campeonato, algo que tampoco se daba por hecho a la vista de los precedentes, en los que no había superado el undécimo puesto.
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