Un cabezazo certero de Morata y una llegada rompedora de Saúl por el medio derribaron el muro que durante casi una hora fue Sergio Herrera. Exigido hasta la extenuación por los futbolistas de Simeone, que iban camino de la desesperación, el recital del meta de Osasuna fue antológico ante el acoso y derribo al que le sometieron. Por arriba, por abajo, a derecha e izquierda, Herrera se destapó como un coloso bajo palos. Hasta siete intervenciones de mérito se le contabilizaron en los primeros 45 minutos. Un festival de reflejos, potencia de piernas y elasticidad que amenazó con concretar el noveno empate de los rojiblancos. Necesitaban esta victoria para apuntalar el repunte en el juego de sus últimos partidos.
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