Setenta y siete años de pasiones mal curadas no restaron ni un gramo de frescura juvenil a la sonrisa de Sir Alex Ferguson, que desde el palco de autoridades del Etihad contempló asombrado el quiebro de Martial sobre Rodri y el disparo que coló el balón por la ranura que separó el palo de la portería del cuerpo del atormentado Ederson. El directivo más venerable del Manchester United celebró el 0-2 con más perplejidad que agitación. El hombre no veía nada parecido desde que se jubiló del banquillo en 2013. Su equipo imponiéndose con la vieja autoridad y el City sometiéndose, por fin. Rindiéndose. Incapaz de sostener la presión, incapaz de manejar la pelota con finura, abierto en canal a los contragolpes, deformado, irreconocible, agotado después de meses de agotadora persecución. El doble campeón de la Premier, un equipo de época, caía en su estadio y cedía 14 puntos al tenaz Liverpool antes de Navidad. Una distancia que ya parece insalvable, consecuencia del peor arranque liguero tras 16 jornadas de un equipo dirigido por Guardiola.
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