En el andar de Gareth Bale a su llegada al Camp Nou había indicios de cierta parsimonia y concentración. Ensimismado en lo que reproducían sus pequeños y modernos auriculares blancos, el galés ni siquiera requería de las manos para marcar el paso. En los bolsillos, acompañaban un caminar relajado. No es que la imagen típica del futbolista actual en las horas previas a un partido demuestre mucho, pero en el caso de Bale el clásico iba a depararle la oportunidad de recuperar el brillo del futbolista que fue mientras quiso serlo.
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