El fútbol es un juego de naturaleza volátil, mucho más dispuesto a la fragilidad que a los equilibrios. También tiene una condición misteriosa. Equipos que funcionan bien, o que deberían de funcionar como la seda, se enredan en dinámicas de las que tardan en salir, o no lo consiguen. De la misma manera, la debilidad se convierte en fortaleza sin aviso previo, a través de mecanismos sencillos, apenas detectables. Nadie diría al comienzo de esta temporada que dos jóvenes jugadores, el uruguayo Valverde y el brasileño Rodrygo, resultarían decisivos para levantar al Real Madrid que surgió irregular y tristón del verano.
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