El cuarto árbitro levantó el luminoso desde de la banda en el minuto 57 y un murmullo recorrió el estadio cuando apareció el número 7 de la Juventus. Cristiano Ronaldo, incapaz de superar a ningún adversario en todo ese tiempo y causante de la ralentización del juego, no se lo podía creer. Corrió hacia el lateral, murmuró algo en portugués mirando hacia Maurizio Sarri y desapareció camino del vestuario. Era la segunda vez en cinco días que el técnico napolitano lo mandaba al banquillo, tantas como la temporada pasada. El domingo, sin embargo, quedaba casi la mitad del partido por disputarse. Una humillación demasiado grande, incluso para su pobre estado de forma, que tensará la relación del jugador con el club y el entrenador justo en el momento en que se decide el premio individual con el que vive obsesionado, el Balón de Oro. Antes de que terminase el partido ya se había marchado a su casa. El divo está ofendido, admiten en Turín, y la bomba se ha activado.
source Portada de Deportes | EL PAÍS https://ift.tt/2CAAw6c
Aucun commentaire:
Enregistrer un commentaire