Con el tercer gol en siete minutos fue suficiente. Ter Stegen miraba hacia delante sin moverse un ápice, contrariado a más no poder por las bofetadas que se sucedían en su área y en su portería. Semedo andaba cabizbajo, Piqué soltaba algún grito tímido hacia nadie, Lenglet se rascaba la cabeza, Messi parecía mirar al infinito y Valverde acabó por meterse las manos en los bolsillos porque entendió que el partido se le había ido de las manos. Otra vez. Más que nada porque el Levante le hizo tres goles en un santiamén para evidenciar la fragilidad del Barcelona, que ya ni gobierna el balón ni los partidos sino que se sonroja ante cualquier rival que le busque las cosquillas, que le apriete en la salida y llegue con suficientes efectivos al ataque. Y si de Praga se marchó el vestuario azulgrana con un enfado morrocotudo, al punto de que no atendieron a la prensa porque iban “muy calientes”, del Ciutat de València lo hizo con gran desánimo porque el equipo no funciona como debiera, por más que siga en la parte alta de la tabla y líder en su grupo europeo. El ejemplo volvió a ser Messi, que abandonó el campo sin mediar palabra con nadie, sin dar la mano, sin levantar la cabeza.
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