Mi padre debutó en el Ajax a los 17 años y ya entonces era un sabelotodo. Capaz de decirles a jugadores de 32 años cómo se tenían que colocar en las jugadas de posesión. Tenía un carácter mandón y una seguridad impropia de esa edad, también prematuro en la comprensión de conceptos tácticos, de ángulos y posicionamiento. Los veteranos le miraban con incredulidad: “¡Este de qué va! ¡Acaba de llegar y ya nos está diciendo lo que hay que hacer!”. Pero rápidamente lo aceptaron, vieron que estaban ante un talento innato con potencial de estrella mundial.
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