La tragedia, según Aristóteles, tiene una función catártica. El espectador contempla los errores del héroe, generalmente relacionados con un desafío superior a sus fuerzas (se enfrenta al destino o a los dioses), y asiste a su castigo final. La catarsis vendría a ser un fenómeno purificador. El público sufre con el héroe y extrae de ello una enseñanza, o al menos una poderosa experiencia.
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