A mí me costó adaptarme a Mánchester. Aterrizar en Inglaterra con 22 años se me hizo un mundo. Todo era diferente: la comida, el fútbol, la exigencia física, incluso el lugar donde vivía. Yo era un chaval de centro de ciudad, y de repente me vi en las afueras de Mánchester, rodeado de un paisaje idílico para los amantes del campo, pero ajeno a mi hábitat natural, que eran las calles de Barcelona.
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