Con el liderato de LaLiga perdido en favor del Barcelona tras consumar el Madrid su primera derrota liguera de la temporada, esa balsa en la que se había convertido el campeonato doméstico acabó pinchada en Mallorca, dejando al equipo de Zinedine Zidane a la deriva alrededor de una isla en jolgorio permanente. Horas antes de que comenzara el partido, en los aledaños de Son Moix la fiesta parecía organizada independientemente de lo que sucediera dentro. Como si ambas cosas no tuvieran que estar necesariamente conectadas. No celebraban los aficionados del Mallorca la felicidad previa, por si después no encontraban los motivos, sino el mero hecho de encontrase de nuevo ante un partido desterrado de las islas en los últimos seis años. Y el regreso no pudo ser mejor recibido.
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