Tiger Woods regresó de la tumba en Atlanta (Georgia), después de asistir mil veces a su propio funeral. Algunos problemas personales, las lesiones, el paso de los años y la aparición de nuevos competidores parecían conjurarse contra la leyenda sin llegar a atar todos los cabos: quedaba su naturaleza divina, su carácter indestructible, la magia filtrándose entre los dedos. Aquello tenía algo de milagro, uno más en la cuenta de East Lake, el barrio deprimido y peligroso que mudó a cuento de hadas y sede del torneo final PGA de la mano de Coca-Cola. Milagro insinuado, sin embargo, porque el Tigre ya había avisado en varios torneos de sus veladas intenciones. Avanzó hacia el green del 18 escoltado por una marea humana, tan encapotado el cielo que parecía una escena extra de Furia de Titanes: “Liberad al Kraken”, pensaría alguien. Cogió el putt, estudió las caídas con su rutina habitual -siempre rodeando el hoyo en el sentido de las agujas del reloj-, se colocó y golpeó la bola dejándola a escasos centímetros del hoyo. Un paseillo dulce hacia la resurrección, un ligero impacto y los brazos al aire cinco años después.
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