Solo en una ocasión he pasado el mal trago de destituir a un entrenador. Sin duda, uno de mis recuerdos profesionales más dolorosos. Ocurrió en mi etapa como director deportivo del Maccabi Tel Aviv, cuando tuve que cesar a Shota Arveladze a mitad de temporada. Era buena gente y un técnico notable, por eso me entristeció tomar esa decisión. Nos había metido en la Europa League, pero llegó un momento en que el liderato de la competición israelí se nos escapaba de las manos. Hubo un bajón de rendimiento notorio y se buscó un golpe de efecto en la plantilla. Me tocó asumir el papel de entrenador interino hasta encontrar un recambio y el equipo reaccionó temporalmente. Ahí entendí que, cuando hay un cambio en el banquillo, los jugadores quedan en el punto de mira y el técnico suele ser el eslabón más débil.
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