El aire acondicionado del estadio es una máquina terrible, un armazón metálico cúbico que rodea toda la pista a la altura de la barandilla y es tan ancho, metro y medio por lo menos, que desde las primera filas solo se puede intuir el foso de los saltos, donde Iván Pedroso espera que aterricen, bien lejos, sus pupilas, Ana Peleteiro y Yulimar Rojas. Ni estando de pie puede el técnico cubano ver las batidas (hop, step, jump, bote, paso, salto) de sus campeonas, pero casi solo por el sonido de sus pies conoce el resultado, y ni se inmuta cuando en un nulo mínimo, en su primer salto, la venezolana, campeona del mundo, aterriza de pie rozando la línea de los 15 metros.
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