El pasado domingo volvió a suceder, como casi cada fin de semana en tantos estadios de Italia. A veces imitan el sonido del mono. Otras tiran un plátano. Le tocó a Dalbert Henrique, lateral izquierdo brasileño de la Fiorentina. Su equipo jugaba contra el equipo lombardo Atalanta, y en el minuto 31 se cansó de los insultos racistas. Dalbert se fue hacia el árbitro, se quejó y este paró el juego tres minutos. El megáfono del estadio recordó que están prohibidos los insultos racistas y territoriales —denigrar a equipos o jugadores del sur de Italia, como le sucedió recientemente al portero del Milan, Donnarumma—. Pero el público comenzó a silbar y ni siquiera pudo oírse un mensaje que, en realidad, cada jornada queda sepultado por el ruido.
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