Se atusa el pelo Roger Federer mientras enfila el túnel de vestuarios de la Arthur Ashe contrariado y dolido, porque se le acaba de escapar otro tren. Rostro pétreo el del suizo, que digiere por dentro un último sinsabor: cuando todo parecía haber cambiado después de haber corregido el mal rumbo en Nueva York con dos partidos fabulosos, Grigor Dimitrov, la fotocopia estética que todos quisieron que fuera pero nunca será, le derrota por primera vez en su carrera después de siete intentos previos. 3-6, 6-4, 3-6, 6-4 y 6-2, en tres horas y 12 minutos. La corriente salvaje que circula por Flushing Meadows se lleva por delante a la leyenda, cuya caída tiene una doble consecuencia: cerrará el año en blanco en los majors y, en consecuencia, a su récord de 20 grandes le rodean ahora más interrogantes.
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