Fue una tormenta perfecta que iba mucho más allá de lo climatológico. También la constatación de que algo estaba cambiando en el mundo del alpinismo. El 10 de mayo de 1996 dos expediciones comerciales iniciaron el ataque a la cima del Everest, la montaña más alta del mundo. Las 24 horas que siguieron a aquella puesta en marcha pasaron a la historia del alpinismo. Ocho personas fallecieron tras una jornada de nieve, oscuridad, vientos huracanados, falta de oxígeno y graves fallos de organización y previsión. Una combinación letal a más de 8.000 metros de altura.
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