Remco Evenepoel respondió a los periodistas en el salón de plenos del Ayuntamiento de San Sebastián tras ganar la Clásica y después dijo que tenía prisa. Montó en el coche de su equipo en dirección a Bilbao, donde cogió un vuelo rumbo a Dusseldorf y allí, otra vez en coche, viajó hasta Mol, su lugar de residencia en Bélgica. Cuando llegó, a medianoche, se acercó hasta el café T Smetje, donde le esperaban sus padres sentados en la terraza, aprovechando la suave temperatura nocturna. Dobló la esquina y sonrió con timidez ante los aplausos. Pidió una coca cola. “¿Dónde está mi techo? No puedo responder a esa pregunta. Al menos espero no haber llegado a ese techo todavía”, le contestó al periodista de la cadena Sforza que le esperaba junto a un reducido número de familiares y amigos. Luego bromeó con la camiseta de su padre, morada –los colores del Anderlecht–, y con la palabra “Dikkenek” –sabelotodo–, estampada en blanco, en referencia a una película belga en la que sus protagonistas lucen en una escena bufandas del club.
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