Los ciclistas son lo que somos, pura contradicción, chicos de pueblo a quienes gustaría pasar la tarde con la bici apoyada en un banco en el que se sientan a tomar un helado Tonny y a ver el sol caer pero a quienes su propio amor por la libertad que da la bici obliga a ser nómadas. Hijos del mestizaje que enriquece al mundo y le hace más sabio, como Caleb Ewan, medio australiano, medio coreano, medio belga, y no levanta un palmo del suelo, pero saca ventaja de eso, porque el viento ni le ve pasar, y esprinta como un disparo, sale a 70 por hora de la rueda del coloso Groenewegen, y les gana a todos en Toulouse, la roja. Después emprende otro sprint: agarra una botella de agua de medio litro y se la bebe a presión, estrujando el plático para que el chorro le llegue rápido y fuerte hasta el gaznate.
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