No hay ni ha habido nunca término medio con Serena Williams. En lo mejor y lo peor, en la victoria o la derrota, la estadounidense siempre ha dibujado un paisaje de dos polos: veraniego y resplandeciente a las buenas, e invernal y oscuro cuando la historia no le va de cara. No hay puntos intermedios para la norteamericana, permanentemente en el exceso o el defecto, siempre tocando los extremos. Y en Londres se ha repetido la dinámica que domina una carrera de máximas y mínimas.
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