A mediodía, Novak Djokovic se dejaba ver por la zona reservada de entrenamientos de Wimbledon portando un raquetero blanco a la espalda y dos pares de zapatillas que luego, conforme desplegó el bazar (sales, toallas, botes, acreditaciones…) ascendieron a cuatro. El número uno peloteó plácidamente durante una hora y después se retiró a sus aposentos con la misma buena cara que hace exactamente un año, cuando preparaba la final contra Kevin Anderson y al día siguiente triunfó hacia su cuarto trofeo de Wimbledon, el torneo que siempre soñó ganar porque Pete Sampras era su ídolo.
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