Se presenció lo prometido, lo esperado: un partido a cara de perro. Y escapó Novak Djokovic, pero tuvo que sudar sangre el número uno, porque hay pocos adversarios más rudos y peliagudos que Roberto Bautista, espléndido torneo el suyo y formidable resistencia en su primera semifinal de un Grand Slam. Le faltan manos y pies al serbio para contabilizar trofeos y méritos, y aun así le costó un mundo desembarcar en su sexta final de Wimbledon (6-2, 4-6, 6-3 y 6-2, en 2h 48m) porque el español le condujo hacia límites extremos. Salió del lío Nole, pero pasó un mal rato de aúpa. Eso sí, ya está donde quería, sacándole filo a la guadaña mientras espera a Rafael Nadal o Roger Federer.
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