Viéndole el gesto, torcido y a disgusto todo el rato, Kei Nishikori seguramente le daría una y mil vueltas a la cabeza, y pensaría una y otra vez mientras recibía los proyectiles: ¿Por qué diablos me enredé ayer? ¿Quién me mandaría haberme metido en el lío con Benoit Paire, con esa inoportuna y hasta cierto punto incomprensible pechada de cuatro horas? Y el sobreesfuerzo tuvo peaje: Rafael Nadal, fresco como una lechuga y ya en la estación de las semifinales, le infligió un severerísimo castigo de inicio a fin. 6-1, 6-1 y 6-3, en 1h 51m. Es decir, avanzan los días parisinos y la vida sigue exactamente igual, porque el mallorquín sigue ganando vuelo y aterriza de momento en la penúltima parada del torneo, punto que históricamente siempre ha superado.
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