Llega mayo, y como si de una cuestión litúrgica se tratase, el peregrinaje de Rafael Nadal a París concluye una vez más como el año previo: elevando la Copa de los Mosqueteros y mordiendo el metal, proyectando su leyenda sobre la arcilla hacia el infinito. Nadal y Roland Garros, el maravilloso cuento de nunca acabar. Son ya 18 grandes, 12 trofeos en la Ciudad de la Luz, este último obtenido después de un paseo de principio a fin, sin mayor oposición en el trazado que la planteada por el teórico sucesor, Dominic Thiem, en la final de este domingo: 6-3, 5-7, 6-1 y 6-1, en 3h 01m. A sus 33 años, Nadal continúa desafiando a la lógica. Parece dar igual cómo llegue, que haya podido hacer antes, quién esté enfrente de un curso a otro: siempre acaba rebozándose de tierra.
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