La agilidad de Diego Armando Maradona es ya una reliquia. Cuando camina hacia la cancha lo hace rengueando, con la torpeza de un gigante. La convulsa vida de El Diez ha encontrado un remanso de paz en Culiacán (Sinaloa, al noroeste de México). Allí, en su guarida, le veneran sin caer en el hostigamiento. En nueve meses como entrenador de Dorados de Sinaloa cambió los hábitos de un equipo de segunda división. Los llevó a jugar dos finales para intentar ascender y ambas las perdió. Su doble decepción lo lleva a la incertidumbre sobre si seguir o no en su aventura sinaloense. Su nueva derrota, la resumió así “Yo gané, perdí, empaté en la vida, estuve al borde de la muerte, a mí esto no me hace nada. Estoy triste”.
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