Mientras bajo el diluvio los vivos hacen lo que pueden, que no es mucho, el pueblo invoca a los muertos. Resucitad. Volved. Os necesitamos. Claman por Ocaña los españoles, a los que desespera la timidez de Landa, y no se resignan a aceptar que Ocaña, tan grande, tan desesperado, tan cabezota y rebelde, tan capaz de hacer temblar de miedo al mismísimo Merckx, murió hace ya 25 años. Reclaman a Pantani los italianos, aunque se conforman ya a medias con Nibali, su heredero más templado, y Pantani no aparece, murió, también trágico, hace 15 años, y ni siquiera el aire felliniano, tan Amarcord, de las playas del Adriático junto a Rímini geométricas y tumbonas empapadas y demodés en una primavera que parece invierno, de donde parte la etapa para recorrer el Rubicón hasta la Rocca de San Marino, allí arriba, casi salvaje, permite evocar al Pirata, que por estas playas, estas carreteras, estas cuestas estaba en casa.
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