Para el ciclista, el presente es un tiempo imaginario que Pello Bilbao descubre mientras, sentado a la mesa del desayuno, un masajista del Astana de aires soviéticos y aspecto bruto le masajea suave la espalda y el cuello y deja que le invada el placer mientras, quizás, el mar cercano le canta un bolero de soledad, como canta Natalia. Cuando emerge del nirvana, el ciclista que ganó la etapa de L'Aquila, ya sabe que el pasado no es nada, que el futuro le acosa en forma de contrarreloj el domingo, el día que comenzará otro Giro. Antes, ya que pasa por Pesaro, donde los viejos pasean en bicicleta sujetando un paraguas bajo la lluvia por el paseo marítimo, cenará caneloni. Dicen que la vida es así.
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