El canadiense James Naismith iba para cura, pero terminó inventando el baloncesto. Descubrió el deporte mientras estudiaba Teología. Empezó a practicarlo por el qué dirán (básicamente para evitar que lo consideraran raro) y se convirtió en el típico colega con el que se cuenta para jugar a todo. Ante la presión familiar, recurrió al truco de alargar los estudios. La Asociación de Jóvenes Cristianos lo llamó para ofrecerle un puesto ligado al deporte en su centro de Springfield, en Massachussets. Le trasladaron un reto: por cuestiones climáticas, en invierno era imposible hacer ejercicio al aire libre, y las disciplinas de gimnasio no tenían mucha aceptación. Tenía que ser una modalidad que se jugara en interior, que fomentara el juego en equipo y que no implicara la destrucción a pelotazos del mobiliario. Solución: lanzar un esférico dentro de una caja que estuviera en las alturas. Los caminos del Señor, efectivamente, son inescrutables.
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