Las tres caídas consecutivas en los cuartos de final de la Champions habían dejado tocado al Barcelona, sobre todo la temporada pasada, cuando los muchachos de Valverde se derrumbaron por 3-0 ante la Roma. Los directivos apuntaron al técnico, actitud que alertó al vestuario. El grupo, en la intimidad, había despojado de cualquier responsabilidad a su entrenador, un tipo al que los jugadores reconocen y respetan, esencialmente por su mano izquierda para gestionar el camerino. Sabían que se habían quedado sin gasolina. Luis Suárez, uno de los pesos pesados, reconoció públicamente que se había equivocado ante el Leganés, en la previa de la debacle azulgrana en Roma. La herida se acentuó cuando el Madrid levantó su tercera Champions seguida. Messi no lo toleró: “Queremos que vuelva al Camp Nou la copa linda y deseada”.
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