En las abarrotadas gradas de Mestalla se generaron olas animosas. No artificiales, sino inevitablemente unidas a las referencias que llegaban desde la hierba. Es curiosa la arquitectura del campo del Valencia. En lugar de vibrar, acuna los asientos. El crecimiento de la marea depende del estado de ánimo de los aficionados, tan pasionales en lo bueno como en lo malo. Eso sí, cuando la noche se presenta luminosa, como ante el Madrid, las olas vienen y van sin que nadie pierda el paso.
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